Que es el Coronavirus
Los coronavirus (CoV) son una
amplia familia de virus que pueden causar diversas afecciones, desde el
resfriado común hasta enfermedades más graves, como ocurre con el coronavirus
causante del síndrome respiratorio de Oriente Medio (MERS-CoV) y el que ocasiona
el síndrome respiratorio agudo severo (SRAS-CoV). Un nuevo coronavirus es una
nueva cepa de coronavirus que no se había encontrado antes en el ser humano.
Los coronavirus se pueden
contagiar de los animales a las personas (transmisión zoonótica). De acuerdo
con estudios exhaustivos al respecto, sabemos que el SRAS-CoV se transmitió de
la civeta al ser humano y que se ha producido transmisión del MERS-CoV del
dromedario al ser humano. Además, se sabe que hay otros coronavirus circulando
entre animales, que todavía no han infectado al ser humano.
La COVID-19 afecta
de distintas maneras en función de cada persona. La mayoría de las personas que
se contagian presentan síntomas de de intensidad leve o moderada, y se
recuperan sin necesidad de hospitalización.
Los síntomas más
habituales son los siguientes:
Fiebre
Tos seca
Cansancio
Otros síntomas
menos comunes son los siguientes:
Molestias y
dolores
Dolor de garganta
Diarrea
Conjuntivitis
Dolor de cabeza
Pérdida del
sentido del olfato o del gusto
Erupciones
cutáneas o pérdida del color en los dedos de las manos o de los pies
Los síntomas
graves son los siguientes:
Dificultad para
respirar o sensación de falta de aire
Dolor o presión en
el pecho
Incapacidad para
hablar o moverse
Si presentas
síntomas graves, busca atención médica inmediata. Sin embargo, siempre debes
llamar a tu doctor o centro de atención sanitaria antes de presentarte en el
lugar en cuestión.
Lo recomendable es
que las personas que sufran síntomas leves y tengan un buen estado de salud
general se confinen en casa.
De media, las
personas que se contagian empiezan a presentar síntomas en un plazo de 5 a 6
días desde que se infectan, pero pueden tardar hasta 14.
Coronavirus en niños
Todavía
estamos aprendiendo cosas sobre el coronavirus (COVID-19). Hasta ahora, se
han detectado menos casos de coronavirus en los niños, y parece que a este
grupo de edades le causa generalmente una infección más leve que a los adultos
y a la gente mayor. Pero hay algunos niños que han desarrollado síntomas más
graves.
algunos
niños están presentando síntomas causados por la inflamación de todo el cuerpo,
a veces varias semanas después de haberse infectado con el virus. Los médicos
están tratando de descubrir cómo se relacionan estos síntomas con la infección
por coronavirus.
Entre
los síntomas que se han visto en estos niños, se incluyen los siguientes:
·
fiebre de varios días de duración
·
dolor abdominal
·
erupción en la piel
·
labios rojos, secos y agrietados
·
ojos rojos
·
hinchazón de manos o pies
·
dolor en las articulaciones
·
mareos
·
problemas en la vista
·
dolor de cabeza
·
palidez
En enero de 2020,
la publicación científica The New England Journal of Medicine publicó
un artículo sobre la detección del virus que causa la gripe y
neumonía COVID-19 en niños Versa sobre 366 niños menores de 16 años hospitalizados
entre el 7 y 15 de enero. Entre ellos —cuyo promedio de edad era de 3 años—
solo a 6 (todos perfectamente sanos antes)
Complicaciones
Aunque en su mayoría las personas con
la COVID-19 tienen síntomas entre leves y moderados, la enfermedad
puede llevar a complicaciones médicas graves y, en algunas personas, causar la
muerte. Los adultos mayores o las personas con afecciones crónicas están a
mayor riesgo de enfermarse gravemente con la COVID-19.
Algunas de las complicaciones pueden incluir:
·
Neumonía y problemas para respirar
·
Insuficiencia de varios órganos
·
Problemas cardíacos
·
Una afección pulmonar que hace que
poca cantidad de oxígeno pase a través del torrente sanguíneo a los órganos
(síndrome de dificultad respiratoria aguda)
·
Coágulos sanguíneos
·
Lesión renal aguda
·
Infecciones virales y bacterianas
adicionales
Propagación
de persona a persona
Se piensa que el virus se propaga
principalmente de persona a persona.
- Entre personas que están en contacto cercano
(a una distancia de hasta aproximadamente 6 pies).
- A través de gotitas respiratorias que se
producen cuando una persona infectada tose, estornuda o habla.
- Estas gotitas pueden terminar en la boca o en
la nariz de quienes se encuentran cerca o posiblemente ser inhaladas y
llegar a los pulmones.
- Las personas sin síntomas pueden propagar el
COVID-19.
·
Mantén las manos limpias y no te
toques la cara.
·
Considera ponerte una mascarilla.
·
Limpia tu casa frecuentemente.
·
Ten cuidado con la ropa sucia.
·
Ten cuidado al lavar la vajilla.
·
Evita el contacto directo con los
fluidos corporales de la persona enferma.
- Evita que vengan visitas
innecesarias a tu casa.
Para practicar el autocuidado, sigue estos pasos:
·
Mantén una rutina diaria, que incluya
bañarte, o ducharte, y vestirte.
·
Ignora por períodos de tiempo las
noticias sobre COVID-19, incluyendo las redes sociales.
·
Come comidas equilibradas y mantente
hidratado.
·
Haz ejercicio.
·
Duerme bien.
·
Evita el consumo de drogas y alcohol.
·
Haz estiramientos, respira
profundamente, o medita.
·
Concéntrate en actividades que
disfrutes.
·
Comunícate con otros y comparte cómo
te sientes.
Cuidarte a ti mismo puede ayudarte a afrontar el estrés. También te
ayudará a ser capaz de apoyar la recuperación de tu ser querido.
Recomendaciones
de como combatir el virus
Cuidado
personal
Si se siente
enfermo debe descansar, beber mucho líquido y comer alimentos nutritivos.
tomar té, café y
comer cosas calientes frecuentemente
hacer gárgaras de agua
con sal o bicarbonato
hacer gárgaras de
aguan con limón
beber té caliente
de limón con un pedacito de panela
¿qué sucede cuando el coronavirus
infecta el cuerpo humano?
Dado que el patógeno actual posee una genética muy similar a la
del SARS, el nuevo coronavirus ha recibido el nombre de SARS-CoV-2. Y también
debido a ello, los científicos podrían combinar las investigaciones iniciales
sobre este agente con las lecciones aprendidas durante las epidemias de SARS y
MERS para encontrar respuestas.
Pulmones: la zona cero
En la mayoría de los casos, COVID-19 comienza y termina en los
pulmones. La razón
es que los coronavirus, como el de la influenza, ocasionan enfermedades
respiratorias. Estos patógenos suelen diseminarse cuando la persona infectada
tose o estornuda,
expulsando gotitas que pueden transportar el virus a cualquier individuo que se
encuentre cerca.
Los coronavirus ocasionan síntomas de influenza: el paciente
inicia con un cuadro de fiebre y tos, el cual evoluciona en una neumonía o algo
peor.
Después del brote de SARS, la Organización Mundial de la Salud
anunció que la
invasión pulmonar ocurre en tres etapas:
1.
replicación vira
2.
hiperreactividad
inmunológica
3.
destrucción pulmonar
No todos los enfermos de SARS pasaron por las tres etapas; de
hecho, solo 25 % de los
casos presentó insuficiencia respiratoria, rasgo patognomónico de la enfermedad
grave.
De igual manera, los datos iniciales sobre COVID-19 apuntan a que
hasta 82 %
de las personas infectadas manifiestan síntomas leves, mientras que los demás
desarrollan un cuadro grave o crítico.
Visto a detalle, el nuevo coronavirus parece apegarse a otros
patrones del SARS,
comenta el Dr. Matthew B. Frieman. Él es profesor asociado en la Facultad de
Medicina de la Universidad de Maryland, e investigador de coronavirus altamente
patogénicos.
Durante los primeros días de la infección, SARS-CoV-2 invade
rápidamente dos tipos
de células pulmonares:
1.
unas que producen moco
2.
otras que tienen
pequeñas vellosidades conocidas como cilios
Aunque resulta asqueroso cuando lo expulsamos del cuerpo, el moco
protege el tejido
pulmonar y mantiene húmedos nuestros órganos respiratorios, en tanto que los
cilios
mueven el moco y retiran agentes externos como polen o virus.
Frieman señala que el SARS suele infectar y matar las células
ciliares, las cuales
terminan por desprenderse y obstruyen las vías aéreas del paciente con desechos
y
líquidos, de allí que aventure la hipótesis de que lo mismo está ocurriendo con
el
nuevo coronavirus.
Su argumento es que las primeras investigaciones sobre la COVID-19
han demostrado que muchas personas desarrollan neumonía bilateral (en los dos
pulmones), ocasionando síntomas como la falta de aire (disnea).
Es entonces cuando se
desencadena la segunda etapa, la cual activa el sistema inmunológico.
Alertado de la presencia de un agresor viral, el cuerpo combate la
enfermedad inundando los pulmones con células inmunológicas, cuya función es
despejar los desechos y reparar el tejido pulmonar.
Si la respuesta inmunológica es adecuada, el proceso inflamatorio
se limita a las zonas
afectadas. No obstante, a veces el sistema inmunológico se desboca y acaba con
todas
las células que encuentra a su paso, incluidas las del tejido sano.
Al iniciar la tercera etapa, el daño pulmonar sigue aumentando y
puede conducir a la insuficiencia respiratoria. Aun cuando no ocasione la
muerte, algunos pacientes
quedan con daños pulmonares permanentes.
Según informes de la OMS, el SARS abre orificios en los pulmones
dándoles un “aspecto apanalado o en panal”, lesiones que también se observan en
los individuos afectados por SARS-CoV-2.
Es probable que la hiperactividad del sistema inmunológico sea la
causa de que
se formen esos agujeros, los cuales evolucionan en cicatrices que, si bien son
protectoras, también endurecen los pulmones.
Cuando esto ocurre, casi siempre es necesario poner al
paciente en un ventilador para ayudarlo a respirar.
Por otra parte, la inflamación también forma membranas entre los
alvéolos y los vasos sanguíneos, lo que puede ocasionar que los pulmones se
llenen de líquido y pierdan su capacidad para oxigenar la sangre.
“En esencia, lo que sucede en los casos más graves es una
inundación pulmonar que impide la respiración -precisa Frieman-. Esa es la
causa de muerte”.
Estómago: una puerta de entrada
compartida
Durante las epidemias de SARS y MERS, casi la cuarta parte de las
personas infectadas
presentó diarrea, manifestación muy característica de los coronavirus
zoonóticos. Con
todo, Frieman señala que no se ha determinado que los síntomas intestinales
tengan
alguna relevancia para la pandemia actual, dado que han sido muy pocos los
casos de
pacientes con diarrea y dolor abdominal.
Ahora bien, ¿a qué se debe que un virus respiratorio afecte
también el intestino?
Para que un virus pueda ingresar en el cuerpo, lo primero que hace
falta es una célula que proporcione una puerta de entrada fácil, y esa entrada
son las proteínas que yacen en la membrana celular, conocidas como “receptores”.
El virus solo podrá invadir un organismo hasta que
encuentre un receptor celular compatible.
Algunos virus son muy quisquillosos para unirse con los
receptores, pero otros son bastante más promiscuos.
“Pueden penetrar fácilmente en cualquier tipo de célula”, comenta
la doctora Anna Suk-Fong Lok. Ella es decana asistente de investigaciones
clínicas en la Facultad de Medicina de la Universidad de Míchigan, y ex
presidenta de la Asociación Estadounidense para el Estudio de Enfermedades
Hepáticas.
Los virus de SARS y MERS pueden entrar por las células que
recubren el colon y el intestino delgado y, al parecer, la infección se
desarrolla en el interior de esos órganos, donde pueden causar daños o
filtraciones de líquidos que dan origen a la diarrea.
Pese a ello, Frieman insiste en que aún no sabemos si el nuevo
coronavirus hace lo
mismo.
Varios investigadores creen que el virus que provoca la COVID-19
utiliza el mismo receptor que el que provoca el SARS, y esa puerta de entrada
se encuentra tanto en los pulmones como en el intestino delgado.
Dos estudios (ambos publicados en la revista New England Journal
of Medicine;) han detectado el virus en muestras de heces, lo que podría
apuntar a que el patógeno es capaz de propagarse por esta vía. Aun así, los
hallazgos no son concluyentes.
“No tenemos la certeza de que el virus de Wuhan sea susceptible de
transmisión fecal
–previene Frieman–. Lo único definitivo es que está presente en las heces, y que
algunas personas presentan síntomas gastrointestinales asociados con [SARS-CoV-2]”.
Una tormenta en la sangre
Los coronavirus también pueden ocasionar problemas en otros
sistemas del cuerpo, y
todo a resultas de la hiperactividad inmunológica antes mencionada. Un estudio
divulgado en 2014 demostró que el coronavirus del MERS causó manifestaciones
extrapulmonares (fuera de los pulmones) en 92 % de los pacientes.
De hecho, los tres coronavirus zoonóticos han revelado indicios de
un ataque sistémico (en todo el cuerpo), incluidos incremento de las enzimas
hepáticas, trombocitopenia y leucopenia (disminución de la cuenta de plaquetas
y leucocitos), e hipotensión (baja presión arterial).
Más aun, se han identificado casos muy raros en que los
enfermos han desarrollado insuficiencia renal y hasta paro cardiaco.
Integrantes de un equipo médico se
abrazan en una sala de aislamiento del hospital de
Zouping, ciudad de la provincia oriental de Shandong, China.
Por supuesto, nada de eso sugiere que
el virus esté diseminándose por todo el cuerpo, aclara la doctora Angela
Rasmussen. Ella es viróloga e investigadora asociada de la Facultad de Salud
Pública Mailman, en la Universidad de Columbia.
Lo que indica es que ha desatado una tormenta de citoquinas.
Las citoquinas son proteínas que el sistema inmunológico utiliza
como señales de
alarma, y que dirigen las células inmunológicas hacia el sitio de infección.
Una vez allí,
esas células atacan el tejido infectado en un intento por salvar el resto del
cuerpo.
Es imprescindible que el sistema inmunológico responda a las
amenazas de una
manera controlada. Sin embargo, cuando enfrenta una infección viral galopante,
el sistema suelta citoquinas en los pulmones sin regulación alguna y el ataque,
que debió
ser selectivo, se convierte en una batalla campal, explica Rasmussen.
“En vez de usar un rifle para disparar contra un objetivo, lo que
utiliza es un lanzador de misiles”, prosigue la viróloga. Y es entonces cuando
empiezan los problemas, porque el sistema inmunológico no solo destruye las
células infectadas, sino también los tejidos sanos.
Las consecuencias van mucho más allá de los pulmones.
La tormenta de citoquinas desencadena una reacción inflamatoria
que debilita los vasos sanguíneos pulmonares, la cual ocasiona que los alvéolos
se llenen de líquido. “En ocas palabras, lo que tienes es una hemorragia
en los vasos sanguíneos”, resume Rasmussen.
La tormenta se extiende por todo el sistema circulatorio y
ocasiona problemas en muchos órganos. La situación empeora a partir de ese
momento. En los casos más graves de COVID-19, la tormenta de citoquinas –aunada
a la menguante capacidad para enviar oxígeno al resto del cuerpo– puede
precipitar un síndrome de disfunción multiorgánica (antes conocido como falla
multiorgánica).
Hasta ahora, los investigadores no han podido explicar a qué se
debe que algunos pacientes presenten complicaciones extrapulmonares, aunque
algunos opinan que podrían tener relación con padecimientos preexistentes como
enfermedad cardiaca o diabetes.
“Aun cuando el virus no invada los riñones, el hígado, el bazo y
otros órganos, tiene un claro efecto de cascada en todos esos procesos”,
puntualiza Frieman. Y es entonces cuando la situación se vuelve crítica.
Hígado: daño colateral
Una vez que un coronavirus zoonótico empieza a diseminarse desde
el sistema
respiratorio, el hígado suele convertirse en el órgano más afectado. Muchos
médicos
han detectado indicios de daño hepático en pacientes con SARS, MERS y COVID-19;
y
si bien casi siempre son leves, los casos más graves han resultado en lesiones
importantes del hígado e incluso en insuficiencia hepática.
¿A qué se debe esto?
“Cuando el virus entra en el torrente sanguíneo, puede desplazarse
a cualquier parte
del cuerpo –explica Lok–. El hígado es un órgano muy vascularizado, de modo que
[un
coronavirus] puede invadirlo fácilmente”.
Tu hígado tiene que trabajar muy duro para asegurar que tu cuerpo
funcione
correctamente. Su tarea más importante es filtrar la sangre que sale del
estómago, retirando toxinas y creando nutrientes que el cuerpo pueda
aprovechar.
Este órgano también produce bilis, la cual ayuda a que el
intestino delgado descomponga las grasas. Y, además, contiene enzimas que
aceleran las reacciones químicas del cuerpo.
Lok explica que las células de cualquier hígado normal mueren
continuamente y liberan sus enzimas en el torrente sanguíneo. A continuación,
el ingenioso órgano regenera sus células y prosigue con las labores del día a
día.
Es gracias a ese proceso de regeneración que el hígado
puede resistir un montón de lesiones.
Ahora bien, preocúpate cuando tu sangre contenga niveles muy altos
de enzimas hepáticas –hallazgo frecuente en los pacientes que han desarrollado
SARS y MERS–, ya
que esto podría indicar desde una lesión leve, de la que tu hígado se
recuperará con
facilidad, hasta algo mucho peor, como la insuficiencia hepática.
Lok reconoce que los investigadores no entienden a detalle cómo se
comportan los
virus respiratorios cuando invaden el hígado. Es posible que el patógeno
infecte el órgano, replicándose y matando células directamente; o bien, las
células hepáticas
sufren daños colaterales de la inflamación que ocasiona la respuesta
inmunológica
contra el virus.
En cualquier caso, la científica de la Universidad de Míchigan
enfatiza que la insuficiencia hepática no fue la única causa de muerte en
individuos con SARS.
“Una vez que falla el hígado, es común que el paciente presente no
solo problemas
pulmonares y hepáticos, sino también complicaciones renales. Para entonces, la
infección se ha vuelto sistémica”.
Riñones: todo está relacionado
Así es. Tus riñones también están metidos en este lío. Seis por
ciento de los casos de
SARS y hasta la cuarta parte de los pacientes con MERS presentaron daño renal
agudo. Y las investigaciones demuestran que el SARS-CoV-2 puede hacer lo mismo.
Aunque se
trata de una complicación rara de COVID-19, el desenlace casi siempre es
mortal.
Prueba de ello es un estudio publicado en 2005 en la revista
Kidney International, cuyos autores documentaron la muerte de hasta 91.7 % de
los pacientes con SARS que desarrollaron insuficiencia renal.
Igual que el hígado, los riñones filtran la sangre. Cada uno contiene
alrededor de 800,000 nefronas, las unidades microscópicas que se hacen cargo de
la filtración. Las
nefronas están formadas por dos regiones principales: un filtro que limpia la
sangre; y
unos túbulos minúsculos que devuelven al cuerpo los materiales útiles, y envían
los
desechos en la orina que recoge la vejiga.
Parece que los coronavirus zoonóticos tienen predilección
por los túbulos renales.
Después de la epidemia de SARS, la OMS informó que habían
encontrado el virus en
los túbulos renales, y a menudo esas estructuras estaban inflamadas. Ya que
viajan en la sangre, es lógico que los virus aparezcan en los túbulos, comenta
el doctor Kar Neng Lai. Él es profesor emérito de la Universidad de Hong Kong,
y consultor en
nefrología del Sanatorio y Hospital de Hong Kong.
La razón es que, conforme los riñones filtran la sangre, el virus
queda atrapado en las células de los túbulos y esto ocasiona una lesión
transitoria (o leve).
Con todo, dicha lesión puede resultar mortal si el virus penetra
en las células y empieza a replicarse. Pero Lai –quien también formó parte del
primer grupo de investigadores que informó sobre el SARS, e intervino en el
estudio publicado en Kidney International– asegura que no hallaron evidencias
de que el virus del SARS se hubiera replicado en el riñón.
Por lo anterior, el científico opina que la lesión renal aguda en
los pacientes con SARS pudo deberse a una combinación de factores, como
hipotensión, sepsis, medicamentos o algún trastorno metabólico. Por otro lado,
agrega que los casos más graves que condujeron a una insuficiencia renal aguda
mostraron signos de –¡adivinaste!– una tormenta de citoquinas.
Ahora bien, hay otros factores que pueden precipitar una
insuficiencia renal aguda; por ejemplo, la administración de ciertos antibióticos,
el síndrome de disfunción multiorgánica y hasta el uso prolongado de
ventiladores. En resumidas cuentas, todo está relacionado.
Embarazo y coronavirus
En una era en que las redes sociales nos inundan con
actualizaciones continuas sobre
la pandemia actual, lo más irónico que es que tenemos muy poca información clara
sobre el SARS-CoV-2.
Conforme los científicos se dan prisa en llenar ese vacío de
datos, las revistas médicas empiezan a publicar estudios sobre COVID-19 (algunos
mejor investigados que otros).
Por su parte, los medios de comunicación rivalizan para divulgar
los acontecimientos más recientes. Y toda esa información está circulando en la
Internet, donde es extraordinariamente difícil separar la realidad de la ficción.
“Es un fenómeno sin precedentes, en términos de los informes de
último minuto sobre los hallazgos de esas investigaciones -acusa Rasmussen-. Es
muy complicado revisar toda esa información para averiguar cuál está
sustentada, cuál es especulativa, y que es mera habladuría”.
Por ejemplo, a principios de febrero, los médicos de un hospital
en Wuhan informaron que dos bebés de apenas 30 horas de vida habían dado
positivo para el nuevo coronavirus.
Como era de esperar, el perturbador informe corrió como un incendio
por las organizaciones noticiosas, planteando la posibilidad de que la
infección pueda transmitirse en el útero o bien, que el coronavirus infecte a
los bebés durante el parto o a través de la leche materna.
Vamos a detenernos un momento para reflexionar.
Durante las epidemias de SARS y MERS, nunca se observó el
contagio madre-hijo, a pesar de que hubo varios casos de mujeres gestantes que
enfermaron.
Además, Rasmussen señala que los recién nacidos podrían adquirir
la infección de muchas otras maneras; por ejemplo, durante un parto
intempestivo atendido en un hospital saturado de pacientes infectados.
Por otra parte, un estudio publicado el 12 de febrero en la
revista The Lancet aporta evidencias preliminares de que SARS-CoV-2 no puede
transmitirse de madre a hijo.
En dicho artículo, los investigadores hacen un análisis
retrospectivo de nueve mujeres gestantes de Wuhan que desarrollaron neumonía
por COVID-19. Si bien algunas presentaron complicaciones durante el embarazo,
todos los casos terminaron en partos vivos y sin evidencia alguna de que la
infección se hubiera transmitido.
Aun cuando es verdad que el estudio no descarta la posibilidad de
que el virus pueda contagiarse durante el embarazo, los autores subrayan la
necesidad de tener cautela al especular sobre esta enfermedad.
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